El termómetro marca 20 grados, unos ocho menos que hace una semana y unos quince menos que hace mes y medio. Otra vez… el frío… otra vez. Lo único que me gusta del invierno es la ropa ¡pero es tan cara! Por mí que nos quedemos en 20-25 grados todo el año. Todo. Y sin lluvia, por favor.
Estoy hasta las orejas del Tratado de Libre Comercio de Costa Rica con Estados Unidos. Entiendo su importancia y repercusiones, entiendo que en pocos días es el referéndum, entiendo que se ha alborotado el panal –y con justa razón –por el memorándum y la renuncia de Kevin Casas, entiendo, entiendo. Pero que alguien entienda que si no voy a votar, llega un punto en que todo el tema me agota, estoy cansada de que me manden mails sobre el asunto, de que me pidan “manifestarme” y de que hablar del TLC sea sinónimo de profundidad y preocupación por el futuro del país, cuando en algunos casos es pose. (Acepto pedradas por traidora a la patria, valeverguista y cualquier otro epíteto, todos serán bienvenidos)
Ya tenemos piso. O eso parece. Hoy firmé la reserva y si todo sale bien el viernes firmamos el contrato y nos dan la llave. El piso está bien. No es el que más me ha gustado pero creo que quedará bonito después de que pasemos por Ikea a comprarle un par de tonterías.
Hoy me hace falta mi amiga Ale. Pienso que es muy gracioso que me haga falta, porque tenemos unos cuatro años de ser amigas, y de esos cuatro, tres hemos vivido en países diferentes y no hemos coincidido en Costa Rica ni una vez. O sea, que somos amigas por email y a veces –pero muy pocas –por messenger. Con Ale me pasó algo similar que con Cata, nos pasamos cuatro años de universidad sin hablar casi. A mí ni siquiera me caía mal, es que no me caía. Un día, sentada en un salón recibiendo información sobre una beca, me la encontré. Gracias al largo proceso que siguió y un viaje –digamos curioso -a Guatemala, conocí al ser humano tan hermoso que es. Ale me canta las verdades siempre y siempre lo hace de una forma sabia. A pesar de lo corto del trato “directo” es de las personas en quienes más confío, cuando estoy en crisis siempre pienso en ella. Ahora me hace gracia leerla, en Ucrania, construyendo una vida en ruso. Tiene unas agallas… Hicimos un date cibernético para “vernos” mañana y tengo unas ganas, como si fuera un café en la esquina de mi casa.
Y ya está. Me voy a dar una vuelta.
Estoy hasta las orejas del Tratado de Libre Comercio de Costa Rica con Estados Unidos. Entiendo su importancia y repercusiones, entiendo que en pocos días es el referéndum, entiendo que se ha alborotado el panal –y con justa razón –por el memorándum y la renuncia de Kevin Casas, entiendo, entiendo. Pero que alguien entienda que si no voy a votar, llega un punto en que todo el tema me agota, estoy cansada de que me manden mails sobre el asunto, de que me pidan “manifestarme” y de que hablar del TLC sea sinónimo de profundidad y preocupación por el futuro del país, cuando en algunos casos es pose. (Acepto pedradas por traidora a la patria, valeverguista y cualquier otro epíteto, todos serán bienvenidos)
Ya tenemos piso. O eso parece. Hoy firmé la reserva y si todo sale bien el viernes firmamos el contrato y nos dan la llave. El piso está bien. No es el que más me ha gustado pero creo que quedará bonito después de que pasemos por Ikea a comprarle un par de tonterías.
Hoy me hace falta mi amiga Ale. Pienso que es muy gracioso que me haga falta, porque tenemos unos cuatro años de ser amigas, y de esos cuatro, tres hemos vivido en países diferentes y no hemos coincidido en Costa Rica ni una vez. O sea, que somos amigas por email y a veces –pero muy pocas –por messenger. Con Ale me pasó algo similar que con Cata, nos pasamos cuatro años de universidad sin hablar casi. A mí ni siquiera me caía mal, es que no me caía. Un día, sentada en un salón recibiendo información sobre una beca, me la encontré. Gracias al largo proceso que siguió y un viaje –digamos curioso -a Guatemala, conocí al ser humano tan hermoso que es. Ale me canta las verdades siempre y siempre lo hace de una forma sabia. A pesar de lo corto del trato “directo” es de las personas en quienes más confío, cuando estoy en crisis siempre pienso en ella. Ahora me hace gracia leerla, en Ucrania, construyendo una vida en ruso. Tiene unas agallas… Hicimos un date cibernético para “vernos” mañana y tengo unas ganas, como si fuera un café en la esquina de mi casa.
Y ya está. Me voy a dar una vuelta.