miércoles, mayo 30, 2007

¡Feliz feliz sí cumpleaños a tí, a tú!

Yo cada mañana agradezco despertar al lado de quién lo hago, pero hoy le agradezco a la negligencia médica que Fernando aterrizara en el planeta, hace treinta y puf añitos.

Me explico: después de operarse de la apéndice, el doctor le indicó a Grete, mi suegra, que tenía unos “pinchos” en la zona pélvica. Grete se preocupó, sobre todo porque desde los 10 años le diagnosticaron “exóstosis múltiple”, que es una enfermedad de huesos bastante rara y jodida que produce el crecimiento de bultitos óseos. De hecho, para ese momento había pasado decenas y decenas de operaciones porque los famosos bultos obstaculizan el funcionamiento de los músculos (además de que duelen en puta, claro, es -por ejemplo- un pincho en medio de la rodilla, a ver quién es el guapo que la flexiona sin ver las estrellas o en algunos casos quién es el guapo que puede flexionarla).

Tenía 23 años y estaba pensando quedar embarazada… eso de tener pinchos en la pelvis no sonaba nada bien. Fue, se hizo los exámenes y el doctor le dijo que todo estaba en orden. Al poco tiempo Fernando nadaba en líquido amniótico y los papás estaban radiantes de saber que podrían tener hijos.

Como las ecografías son invento reciente y las radiografías eran peligrosas en los primeros meses, no fue si no hasta el sétimo mes que Fernando padre y Grete pudieron ver la imagen de su bebé… para sorpresa del doctor amigo que revisó la radiografía, en ella se veían claramente tres pinchos puntiagudos en dirección a la cabeza del bebé. Pero, hete tú que ese chiquillo se había arrinconado hacia el otro lado, lejos de los huesos peligrosos. Para ese momento no sabían si lograría nacer bien o no. Dichosamente nació bien.

Doctor negligente: es usted un mega ultra requete cabrón. Nadie entiende cómo se le fue una cosa como ésta, ya que cuando termina el crecimiento dejan de salir los bultitos, es decir, ahí tendrían que haber estado cuando Grete se revisó. Tampoco se entiende cómo se salvaron madre e hijo, pero lo hicieron los dos. Señor don doctor cabrón, yo se lo agradezco con toda el alma, porque su irresponsabilidad es lo mejor que me ha pasado en esta vida.

¡Feliz cumple, Fernan!


¡Feliz- Feliz "sí" cumpleaños... a tí, a tú!



Sigo pensando lo que dije al año pasado, aunque ahora es mejor, más grande, más bonito, más emocionante… ¡más de todo!


Ps. En la foto, que supongo que sacó mi suegro, está Grete y el Fernan, sí, esa zanahoria tierna es mi casi marido hace unos añillos. El relato en palabras del Fernan está por aquí. Y la foto del pastelito es de Kris Timken

martes, mayo 29, 2007

El Perfume, Patrick Süskind


Lo que digo yo:
Ya me lo habían dicho… es un libro envolvente. Creo que lo que más me gustó, lo apasionante, lo sorprendente es que logra transmitirte la visión de Grenouille, de repente me vi imaginando olores. Eso y la riqueza del lenguaje, como si el mismo autor quisiera también abarcar al olfato y le faltaran expresiones. Me encanta la idea que maneja de que la percepción de los demás depende de lo que perciban con la nariz, aunque no se den cuenta… es que me dejé convencer y pienso que –más allá del atractivo, que sé que funciona por hormonas y olores –ese puede ser el factor secreto de las relaciones humanas: talvez tenemos los amigos que tenemos y nos rodea la gente que lo hace por su olor.

Lo que dice la contraportada:
Quizá los olores evoquen el privilegio de la invisibilidad. Antes del tacto, sucede el olor, como mensajero de una esencia que sabe desaparecer en el aire y ser agente de un gran poder. La seducción que despliega el olor es implacable: se instala en nosotros y sella su poderío en los tejidos de la memoria.

Jean-Baptiste Grenouille tiene su marca de nacimiento: no despide ningún olor. Al mismo tiempo posee un don excepcional: un olfato prodigioso que le permite percibir todos los olores del mundo. Desde la miseria en que nace, Grenouille lucha contra su condición y escala posiciones sociales convirtiéndose en un afamado perfumista. Crea perfumes capaces de hacerle inspirar simpatía, amor, compasión.

Patrick Süskind nos transmite una visión ácida y desengañada del hombre y nos propone una inmersión literaria en el arco iris de los olores y en los abismos del espíritu humano. Convertida en una de las mayores producciones cinematográficas europeas de la historia, El perfume es un libro repleto de sabiduría olfativa, imaginación y amenidad.

Fauna y flora del 470.

Mi edificio es un cúmulo de rutinas y fauna extrañas


Un señor que no veo
(vive en el mismo edificio pero varios pisos más arriba) se asoma al balconcito y silba, no falla, es a las 10:15 am. Pero, después de eso hace sonidos rarísimos “aygh, aigh, piou, piugh, aygn, aygn”. Pensé que estaba como una cabra, pero cuando puse suficiente atención me di cuenta de que, cada día, un pajarito le responde. Supongo que también vendrá su ventana.

Los del piso de arriba mueven los muebles, bueno, los arrastran… me pone de un mal humor increíble, porque casi siempre me despiertan con ese rastrillar chirriante. Tengo mucha curiosidad de por qué cada mañana deben cambiar la posición del sofá. ¡No lo entiendo!

Una vecina no identificada que tiene una vida sexual bastante saludable. Me alegro por ella, pero es un poco demasiado expresiva… la pobre suena como un perrito cachorro que le están tirando de la cola (“¿la pobre?” ¡Ja!). Me sorprende su capacidad de hacer tonos agudos, sobre todo con el volumen en que los hace.

El tipo del ático está muy muy muy tostado. A veces se enfiesta en las gradas, solo con su perro y espera que pase alguien. Según el humor que tiene hay dos opciones: ofrece “maría” y compañía (verso sin esfuerzo) o arma broncas. Sé de momentos en que hace las dos cosas ¿?, aunque últimamente ha encontrado un sitio más cómodo dónde enfiestarse: mi piso. Mis compañeras, que son la epítome de la delicadeza (sobre todo una, que es la princesita noruega por excelencia), son amiguísimas de él… droga gratis, claro. No tengo ningún problema con que se drogue, lo que no me gusta es que tiene cara de loco y es bastante agresivo cuando se le cruzan los cables. Yo, como desconfiada profesional que soy, puse un llavín nuevo en mi habitación.

Seguro que yo, que me creo tan normal, también entro en las personas raras que otros listan… y bueno, algo de eso hay. Como tengo “mi habitación” en otro piso pero vivo con Fernando, de vez en cuando se me verá salir del piso 1, atravesar el pasillo, abrir la puerta del piso 3 y volver menos de un minuto después con cualquier cosa en la mano (una bandeja de pollo congelado, un libro, un par de zapatos). A veces lo hago en pijama.

Y para acabar: la portera. Me encanta la figura de "portero" de este país. Suele ser una persona conversona y simpática pero irremediablemente chismosa. La nuestra "A" se sabe vida y obras de todos los del edificio... con decir que antes de que me viniera a vivir aquí -cuando estuve de visita la 1era vez- ya se sabía mi nombre. ¿Cuál será su secreto? ¿Es que desde el patio de luz común oye todo, o que la gente se lo cuenta todo? En cualquier caso, pienso que debe tener una cantidad de información en la cabeza que ya la debería fichar la Interpol.


Ilustraciones: The Design Unit y DAJ

viernes, mayo 25, 2007

Naufragio

Tantos se retiran como el mar después del tsunami… viendo la destrucción siguen su camino. Nunca llega el ejército de salvación, ni los bomberos, ni los marines gringos con sus caras de malas pulgas. Es como un naufragio en aguas de tiburones, más vale asumirse como el festín de tantos dientes, más vale no llorar, más vale rezar antes de que sea tarde, más vale no pensar en el frío ni en la humedad ni en el hambre. Más vale no sentir.

Hasta aquí no llega nadie, aunque hace rato que agito los brazos. Pero se puede oír el eco de alguien gritando sálvese quién pueda. Irónico, es como gritar nada, porque aquí nadie puede salvarse. Al menos yo no, es que no tengo salvavidas y nunca aprendí a nadar si no toco el fondo. Ya sé, puras tonterías, pero no puedo... ¡no puedo!

Y aún así, sigo sentada en el techo de esta casa que no conozco, viendo la inundación subir. Al menos ya no tengo que sujetarme a ramas que ceden -y que no sabía que cederían hasta que las muy malditas lo hicieron-. Juro por mi honor que no estoy esperando nada, pero ya todos sabemos que es mentira (sí, aunque haya jurado por mi honor) y que, con el silencio llenando hasta los poros, ansío el sonido del helicóptero entre las nubes. De eso o de un angelito con casco de acero que baje de una nube hecha de algodón de azúcar. O de un abrazo ¿has notado que suenan? Suenan a caramelo derritiéndose, o a botella al descorche: todo depende del abrazo.

Es lo patético de tener esperanzas, ni siquiera se reconoce cuando se está muerto. Lo bueno, en todo caso, es que no soy el único daño colateral (aunque otras “víctimas” disimulen su estado de putrefacción y sigan caminando por las calles). Lo malo, en todo caso, es que a veces se está más solo de lo que jamás se sospechó.

En fin. Patética sobreviviente de este tsunami que a veces parece naufragio. Ya ha sido suficiente de flotar y flotar, estoy a punto de escoger la inmersión de una sola vez.

Ps. Sí, es terrible, pero a veces le deseo infelicidad, aunque no lo confiese ni me dé permiso de decirlo en voz alta. Que sufra, que sufra, que sufra, me repito. Aunque después la culpa me coma las vísceras. Yo no empecé el bombardeo, en todo caso. Y no estaré libre de pecado, pero me da la gana tirar la piedra.

martes, mayo 22, 2007

Diccionario de nombres propios, Amélie Nothomb

Lo que digo yo:
Desde la página uno, Nothomb te arrastra a un mundo peculiar… y lo hace de forma verosímil, no sé cómo. Y página a página, igualmente sin saber cómo, me vi devorándome el libro entero (también es cortito, es verdad, pero me lo leí en dos sesiones) solo para seguir conociendo la mente retorcida y ocurrente de la escritora.

Se trata de Plectrude, la niña que quiere ser bailarina… pero también de su madre, de su padre y de su madre y su padre. De sus hermanas, de los deseos y los sueños, de las obsesiones, de la muerte. Diría que lo único que resentí es que a veces es tan ambiguo el hilo de narración que no sé si escribió por inercia y ya está, o si tenía claro qué quería contar. Pero qué más da… el teatro del absurdo, para no ir más lejos, a veces parece que no “habla” de “nada”, cuando yo creo que lo hace, y mucho. Igual aquí, todo lo que la autora no me dice me sirve para añadirlo yo.

Leí por ahí que Nothomb se repite mucho… no sé si es verdad, pero como es el primer libro que me leo de ella, simplemente disfruté del libro y de un poco de humor corrosivo, de crítica alejadísima del panfleto y de una prosa muy agradable.

Lo que dice la contraportada:
Este Diccionario de nombres propios muestra cómo se combinan en Nothomb dos capacidades sorprendentes hoy en día: la de inventar historias a una velocidad casi mayor a la que cualquier escritura pudiera seguir y la de tener un control completo de su materia, como si cada una de sus novelas fuera una pieza dentro del vasto mundo que su obra está destinada a representar, como una Comedia humana del siglo XXI; es decir: fragmentaria, femenina, sin mayores certezas que sus ambigüedades. Un mundo narrativo que, por otra parte, carece de parangón en la literatura del momento.

Títulos, titulitis, respetos...

A raíz de un post de JULIA (sobre un artículo de Luis Mata) y de la respuesta de LITERÓFILO, me quedé pensando en el asunto de los títulos y grados académicos. Sé que el hábito no hace al monje y que un título no convierte mágicamente a nadie en un buen profesional, pero con todo cariño para Literófilo, su opinión tampoco me parece atinada.

"literófilo dijo... Los titulos sirven para formar pequeños apartheid intelectuales, son una mierda clasista."
Como respondí en ese post de Julia, yo no creo que el título "haga" a nadie, en eso estamos de acuerdo, pero tampoco creo que haya que satanizarlo. Decir que no sirve para nada es negar la importancia del conocimiento reglado, si nos vamos al extremo es decir que para qué aprender a leer... si hay tantísima gente analfabeta en el mundo. Es decir, que según esta vía de razonamiento, el que estudia y termina es un clasista… por ende y según el mismo pensamiento falaz, quedémonos todos sin aprender a leer ni escribir. Leer y escribir ¿son mierdas clasistas?

Hay más de 6 mil millones de habitantes en el planeta y de esos, sólo mil millones, aproximadamente, tienen “acceso” a internet (lo que tampoco significa que tengan ordenador o dinero para pagarlo, solo que “podrían” hacer uso de la red). De esos, el 82% proviene de solo 20 países, el resto de países suma el restante 18% ¿Entonces, qué hacemos, prohibimos el uso de internet o lo satanizamos por ser una “mierda clasista”?

Una cosa es tener un título y OTRA es padecer titulitis, según interpreto el artículo de Luis. Me parece que las personas que se interesan (sea por estudiar y acabar, sea por estudiar aunque no acaben...) por una rama, por un conocimiento, por algo, merecen mucho respeto. Y sí, esos con títulos no pueden subirse en el tren de la pedantería, ni escudarse en ellos... PERO: yo no le digo al doctor lo que tengo, para eso el que estudió medicina fue él. Hay algunas vertientes del conocimiento humano que el que las estudia -formalmente en algunos casos, informalmente en otros según el grado de conocimiento reglado que se necesite-sabe más que los demás. Yo nunca sabré resolver ecuaciones diferenciales, aunque crea que es injusto que ese matemático tenga su título y yo no... él estudió y terminó o es un genio. El que arregla mi computadora cuando se descompone -por estudio o aprendizaje autodidacta -sabe hacer algo que yo no sé. Y también, la señora de la cafetería de enfrente conoce como nadie el secreto de la tortilla de patatas... es una genio de las ollas, yo no tengo ni de lejos su arte. Yo como no soy ninguna genio y las cosas no me salen por generación espontánea, me puse a estudiar.

Personalmente soy muy de academia y no creo que merezca menos respeto que alguien que -talvez más audaz que yo -llega a las mismas conclusiones sin ayuda. Estoy orgullosa de lo que he hecho, de las horas que le he dedicado al estudio. No me hace más que nadie, pero me niego a aceptar que eso me haga una clasista intelectual. He estudiado porque me llena A MI, no por demostrarle nada a nadie.

Y he aprendido tanto de la gente “estudiada” como de la que no lo es. No menosprecio lo que me ha enseñado mi abuelita, que con costos terminó la primaria. Entiendo que hay gente que le gusta la academia y gente que no, eso no desmerece a nadie para ninguno de los dos sentidos. Pero así como mi abuelita me ha enseñado mucho, de la misma manera agradezco las palabras de mi madre (máster) y de mi papá (doctor). Los respeto en cuanto personas y en cuanto profesionales. Mi madre trabajó desde los 12 años para poder estudiar. Mi papá estudió de noche porque si no trabajaba de día, no comía. Y me respeto a mí, estoy orgullosa de amar el estudio, de tener dos bachilleratos y una maestría ¡mis horas de dedicación me costó!


Ps. Fotos de Stephano Oppo y John Foxx

Las pequeñas memorias, José Saramago

Lo que digo yo:
Bueno, algún día tenía que ser. Y el día de decir que no me fascinó un libro de Saramago ha llegado. Supongo que lo que pasa es que solo es un vistacito a su vida, realmente no hay intriga.

Alguien podría decir que en sus libros la intriga nunca es lo primordial: cierto, pero al menos siempre plantea algún incidente desencadenante (por ejemplo: la península ibérica se despega del contintente/ la ceguera masiva invade una ciudad /la muerte deja de matar gente). En este caso no hay nada de esto, es simplemente asomarse a sus años de chiquillo sin siquiera una historia central que contar.

Supongo que tiene razón no-me-acuerdo-quién cuando dice que si los autores solo se ciñeran a la realidad, escribirían libros un poco aburridos. El personaje de ficción siempre es más interesante.

En todo caso, el libro es gracioso y bonito, sí, pero estoy convencida de que carece de todo interés para cualquiera que no esté ya de por sí en onda “Saramago”.

Lo que dice la contraportada:
“Déjate llevar por el niño que fuiste” Libro de los Consejos.
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