
Estoy afuera de la iglesia, donde ya todos los invitados esperan curiosos. En eso, vestida de blanco y toda la cosa, me doy cuenta de que no compré zapatos apropiados y ando con unas botas negras medio altas, llenas de barro.
Empiezo a buscar entre las invitadas cercanas un par de zapatos adecuados para mi vestido de novia y ninguno me sirve.
Fernando se asoma y me ve con el vestido, le digo que es de mala suerte y se ríe, entonces le doy un golpecillo poco cariñoso en el pecho y el pobre, con cara de afligido, se va...

Cuando me resigno a casarme con esos zapatos, me miro en el espejo: también me olvidé de conseguir quién me maquillara y me peinara. Estoy hecha un desastre, el pelo se comporta más rebelde que de costumbre, me echo agua para acomodarlo un poco, me hago una cola y voy a la entrada de la iglesia.
Los que desfilan lo hacen con una música horrenda de fondo, que sale como de una

Por lo menos el novio sí era el esperado.

Y me desperté antes de recorrer todo el pasillo.
Mi hermana dice que es normal, que le pasó a sus amigas cuando se iban a casar. ¿Pero… desde DIEZ MESES ANTES? ¡¡¡No quiero ser una novia neurótica!!!
Ilustraciones: Glowimages