Mostrando entradas con la etiqueta con el corazon partío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta con el corazon partío. Mostrar todas las entradas

lunes, abril 21, 2008

Paso.


Hay días cabrones. Te levantas con el pie izquierdo y ya no das paso en firme. Días cuando la pregunta, en mayúsculas y con letras de neón reza “¿PARA QUÉ?”.

Y a mí me dan ganas de dormir, talvez soñar, como mínimo escoger no ser. No ser. Como si fuera posible. Como si mi monólogo pudiera extinguirse con una Ofelia llorona ahogada entre crisantemos. Como si las dudas, los dolores de cabeza, los resentimientos (yo trato de que se vayan, pero vuelven) y las horas escurriéndose, pudieran ser una especie de príncipe incestuoso que sabe que algo huele a podrido pero aún no logra encontrar el qué.

Podría ser una manzana envenenada, podría ser un rápido intercambio de miradas hipócritas. Podría, si me apuran, ser este intermitente deseo de tener tiempo para mí. De no tener que pedir, ni sugerir. Sentarme aquí y dejar que el mundo entero se venga abajo con un escándalo de abejas apareándose sin resultados: como los osos pandas, que tienen la oportunidad una vez al año y, aún así, no les apetece procrearse.

No ser.

No ser parte.

No ser cómplice de un día cabrón. Es tan difícil. Tanto. Mi sonrisa se desmorona, se deshace con la facilidad de una galleta de mantequilla ahogándose en una taza de café con leche. Y a veces me siento identificada con la pobre galleta, que llora en su propio idioma mientras la cucharilla acaba de destruirla, y más allá de los límites de la taza, nadie la escucha.

lunes, marzo 31, 2008

Será el cansancio


...o el sueño obligado con pastillas naturales, tan escaso y poco profundo, pero ando con el ánimo por los suelos. Me pesan los pies, me pesan las ganas. Odio estar así. Ya volveré, con la sonrisa habitual. Roñosa primavera. Odio que me roben una hora. Basta de cielos grises, que quiero dejar de ser un conejito triste de Luke Chueh

sábado, diciembre 01, 2007

...

A las tres de la tarde sonó el timbre de casa, yo estaba en la terraza. Fernan me grita desde el pasillo del frente que llame a la ambulancia. Cuando me acerco a la puerta veo al viejito del frente tirado en el suelo de la entrada de su casa. Su esposa gimiendo de un lado para otro, dice que iba a salir, abrió la puerta y cayó al suelo.

Llamo, demasiado nerviosa, no logro comunicarme con el número de emergencias. Toco el timbre de otros vecinos porque noto que no podré ponerme en tesitura traquila, mientras veo a Fernando intentar encontrarle el pulso al señor, me quito los zapatos y paso por encima de él a calmar a la señora. Finalmente logramos llamar a la ambulancia (las vecinas, yo no puedo, soy un saco de nervios bien disimulados pero inutilizantes).

Cuando salgo de casa de la señora lo observo. Tiene los ojos abiertos, la boca abierta y empieza a ponerse… no sé… azul, lila, qué sé yo. Me lo temo sin querer pensarlo en serio, pero no tiene pinta de estar inconsciente (los desmayados como mi única referencia, suelen cerrar los ojos y estar más bien flácidos en su expresión). Me lo temo y padezco los gimoteos de la señora que dice “está helado, ay Dios mío, está helado” mientras le acaricia la mano y el brazo. Un par de minutos después alguien dice que ha movido los dedos un poco. Ahuyento mi hipótesis y me aferro a esa, acaba de mover los dedos.

Cuando la ambulancia llega (los 8 minutos más largos de mi vida) una chica llena de paz le habla, le dice “hola guapo”
mientras le corta la ropa y su compañero le hace masaje sobre el corazón, uno, dos, tres, cuatro, oxígeno; uno, dos, tres, cuatro, oxígeno. La miro con cuidado y noto que ella –con sólo una revisión ocular –sabe que hay poco que hacer.

Llegaron a ser seis, un técnico, la enfermera y el enfermero y tres doctores que llegaron después. También llegó la hija del señor, que se deshizo en las gradas y el nieto, uno de ellos, intentando mantener el tipo. Yo, junto con Fernan, en el canto de la puerta sin saber qué hacer. La señora, ahora muy tranquila, cuenta mil veces lo que pasó antes de que se cayera el señor, nos da la gracias, repite la historia. Unos siete minutos después el jefe de los médicos explica que podrían seguir tres horas intentándolo, pero que ese era un corazón que ya había decidido no latir más.

He hablado tantas veces de la muerte, a veces digo que lloramos por egoísmo, o por imaginarnos la vida sin esa persona. Pero no. Hoy tengo otra hipótesis… es la impresión tan bestial de que hay un cuerpo hueco al frente. Es la primera vez que veo alguien muerto, así, en el momento mismo de morirse. Ese mismo señor que todas las noches oía tosiendo y quejándose con un tímido “ay”.

Y la imagen que intento obviar, del momento en que esa boca abierta y esos ojos vacíos sean unos amados. Lloré, me calmé, pero estoy desolada, tengo miedo. Mucho. Ante lo inevitable, el deceso jurado e imposible de eludir. Desolada y aterrorizada. No quiero no quiero no quiero no quiero que me pase a mí, y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Desolada y con miedo, pensando en el día que me toque cerrarle los ojos a alguien que amo. Desolada. Asustada. Talvez más lo segundo que lo primero. Tan natural... y tan impactante.

viernes, octubre 20, 2006

Catarsis, Catalizadora, Cataplúm!

Normalmente soy de las que odio equivocarme, me da rabia cuando creo algo y luego no tengo razón, o cuando actúo de una forma errada.

En otros momentos, más bien, disfruto de darme cuenta de que estaba equivocada. Como en este caso... cuando conocí a mi amiga Cataplúm, directamente me caía mal... creo que yo a ella también. La juzgaba por su imagen, por ser tan alegre y tan llamativa, asumía que detrás había poco. Me equivoqué rotundamente, dichosamente.

Pasamos un par de años o más como compañeras de nuestra primer carrera, pero hasta que nos encontramos en Teatro nos dimos cuenta de que teníamos muchísimo en común y terminamos por ser muy buenas amigas.

No es que no extrañe a otras personas, pero pasé de verla casi todos los días ahora que estuve en Costa Rica, a no verla nada. Es la persona que más me hace reír, que me hace sentir bien incluso sin soltar largos discursos sobre la vida, que está ahí sin presionar, porque le sale naturalmente. Pasó de ser la catalizadora de las catarsis a ser esa foto en el messenger. Como dice una canción de Fernando, "you gave me peace and then stole it".

Es ahora cuando me doy cuenta de lo importante que es para mí mi pequeña amiguita viajera, aunque ya tenía claro lo que la quería, pero este extrañarla a diario es diferente. Espero que termine de construir la balsa transoceánica que ofreció, se suba y empiece a remar hasta llegar a la Barceloneta (no está lejos de mi casa, ya de ahí podés venir caminando) y se aparezca en la puerta de mi apartamento. Yo, como en las caricaturas, haré ¡cataplúm!


En todo caso lo que estoy tratando de decir es:


¡Feliz Cumpleaños Microbio hermoso!

¡Te quiero y mucho!
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...