
Hay días cabrones. Te levantas con el pie izquierdo y ya no das paso en firme. Días cuando la pregunta, en mayúsculas y con letras de neón reza “¿PARA QUÉ?”.
Y a mí me dan ganas de dormir, talvez soñar, como mínimo escoger no ser. No ser. Como si fuera posible. Como si mi monólogo pudiera extinguirse con una Ofelia llorona ahogada entre crisantemos. Como si las dudas, los dolores de cabeza, los resentimientos (yo trato de que se vayan, pero vuelven) y las horas escurriéndose, pudieran ser una especie de príncipe incestuoso que sabe que algo huele a podrido pero aún no logra encontrar el qué.
Podría ser una manzana envenenada, podría ser un rápido intercambio de miradas hipócritas. Podría, si me apuran, ser este intermitente deseo de tener tiempo para mí. De no tener que pedir, ni sugerir. Sentarme aquí y dejar que el mundo entero se venga abajo con un escándalo de abejas apareándose sin resultados: como los osos pandas, que tienen la oportunidad una vez al año y, aún así, no les apetece procrearse.
No ser.
No ser parte.
No ser cómplice de un día cabrón. Es tan difícil. Tanto. Mi sonrisa se desmorona, se deshace con la facilidad de una galleta de mantequilla ahogándose en una taza de café con leche. Y a veces me siento identificada con la pobre galleta, que llora en su propio idioma mientras la cucharilla acaba de destruirla, y más allá de los límites de la taza, nadie la escucha.
Y a mí me dan ganas de dormir, talvez soñar, como mínimo escoger no ser. No ser. Como si fuera posible. Como si mi monólogo pudiera extinguirse con una Ofelia llorona ahogada entre crisantemos. Como si las dudas, los dolores de cabeza, los resentimientos (yo trato de que se vayan, pero vuelven) y las horas escurriéndose, pudieran ser una especie de príncipe incestuoso que sabe que algo huele a podrido pero aún no logra encontrar el qué.
Podría ser una manzana envenenada, podría ser un rápido intercambio de miradas hipócritas. Podría, si me apuran, ser este intermitente deseo de tener tiempo para mí. De no tener que pedir, ni sugerir. Sentarme aquí y dejar que el mundo entero se venga abajo con un escándalo de abejas apareándose sin resultados: como los osos pandas, que tienen la oportunidad una vez al año y, aún así, no les apetece procrearse.
No ser.
No ser parte.
No ser cómplice de un día cabrón. Es tan difícil. Tanto. Mi sonrisa se desmorona, se deshace con la facilidad de una galleta de mantequilla ahogándose en una taza de café con leche. Y a veces me siento identificada con la pobre galleta, que llora en su propio idioma mientras la cucharilla acaba de destruirla, y más allá de los límites de la taza, nadie la escucha.
