
Esta semana ha sido un poco “la semana de la boda”. Fernando y yo fuimos a inscribirnos en el curso prematrimonial que, sorprendentemente, pinta bastante mejor de lo que pensamos. Al parecer no lo da el sacerdote, si no una pareja con muchos años de casados. Según nos explicaron, se trata más de ir y conversar con otras parejas que están por casarse. Sé que se trata de un curso en la iglesia y, por lo tanto, algo nos sermonearán, pero nos vendieron el curso de manera tal que tenemos ganas de hacerlo.
Me compré zapatos para la boda. Jiji. Qué cosas tan raras, zapatos para la boda… en fin, que en este caso desafié las leyes del “glamour” y los que compré son muy muy sencillos, sin tacón, blancos sin nada más. Es que me niego a –a media fiesta –dejarlos por ahí perdidos y terminar bailando descalza.
Y para terminar, ayer me senté con mis amigas de Costa Rica (que han regresado de su periplo europeo) a ver vestidos de novia. Sigo con el dilema, cada vez peor: nada me gusta y lo que me gusta es impagable… vimos al menos ocho revistas de bodas y dos páginas de internet: nada. Bueno, dos o tres pero solo se consiguen del otro lado del charco y yo me niego a irme, digamos, quince días antes de la boda sin el vestido en la mano. La verdad que jamás pensé que llegara a decir esto, pero me tiene MUY estresada el asunto del vestido.
Ya sé que lo importante es casarse con la persona que uno quiere, que lo demás es accesorio… pero puestos ya a casarnos por la iglesia y con todo el burumbúm, pues quiero un vestido hermoso (y accesible).
Hace unos días tuve otro sueño de novia neurótica, en este como en los otros, también la fiesta era un desastre (el brindis era en medio de un campo lleno de barro y plantas crecidísimas… lo demás es fácil de imaginar), digamos que confirme avanzan los meses, en mis sueños el desastre es aún peor cada vez. En este sueño terminé llorando, y cuando me desperté, estaba llorando. Me siento un poco ridícula cuando me pasan estas cosas, yo que siempre he ido de progre y bla bla bla, y en sueños termino llorando si la boda no es perfecta.
“¡Oh! ¿Y ahora quién podrá ayudarme?”.

Me compré zapatos para la boda. Jiji. Qué cosas tan raras, zapatos para la boda… en fin, que en este caso desafié las leyes del “glamour” y los que compré son muy muy sencillos, sin tacón, blancos sin nada más. Es que me niego a –a media fiesta –dejarlos por ahí perdidos y terminar bailando descalza.
Y para terminar, ayer me senté con mis amigas de Costa Rica (que han regresado de su periplo europeo) a ver vestidos de novia. Sigo con el dilema, cada vez peor: nada me gusta y lo que me gusta es impagable… vimos al menos ocho revistas de bodas y dos páginas de internet: nada. Bueno, dos o tres pero solo se consiguen del otro lado del charco y yo me niego a irme, digamos, quince días antes de la boda sin el vestido en la mano. La verdad que jamás pensé que llegara a decir esto, pero me tiene MUY estresada el asunto del vestido.
Ya sé que lo importante es casarse con la persona que uno quiere, que lo demás es accesorio… pero puestos ya a casarnos por la iglesia y con todo el burumbúm, pues quiero un vestido hermoso (y accesible).
Hace unos días tuve otro sueño de novia neurótica, en este como en los otros, también la fiesta era un desastre (el brindis era en medio de un campo lleno de barro y plantas crecidísimas… lo demás es fácil de imaginar), digamos que confirme avanzan los meses, en mis sueños el desastre es aún peor cada vez. En este sueño terminé llorando, y cuando me desperté, estaba llorando. Me siento un poco ridícula cuando me pasan estas cosas, yo que siempre he ido de progre y bla bla bla, y en sueños termino llorando si la boda no es perfecta.
“¡Oh! ¿Y ahora quién podrá ayudarme?”.

*el vestido de la foto es de David's Bridal, la ilustración del Chapulín Colorado no sé de quién es!