Lo confieso.
Soy adicta a los programas de concursos.
La adicción mayor es Pasapalabra. Juego desde casa. Digo las palabras, insulto a los concursantes que no adivinan. La más geek de las geeks. Lo sé. A veces dejo la cerveza de después de clases a medias, para volver a casa a tiempo.
La segunda. Operación Triunfo. Cada martes, hasta la 1 a.m. estoy ahí sentada oyendo a los concursantes cantar. Me peleo con la gente que llama y vota favoritos que no valen la pena. Discuto con el jurado. Me emociono con las voces hermosas.
En Costa Rica ya me pasaba con algunos concursos de Estados Unidos: he sido fan declarada de “¿Quién quiere ser un millonario?”, “Wheel of fortune” e, incluso, del muy muy pero MUY hortera/polo: “The price is right”.
Supongo que será el riesgo sin peligro que contienen los concursos. La emoción de alegrarse por algo que no tiene nada qué ver conmigo. El ver a alguien ganar dinero de forma fácil pero “correcta”. Y, a veces, disfrutar de que pierda el que me cae mal. Jiji.
Soy adicta a los programas de concursos.
La adicción mayor es Pasapalabra. Juego desde casa. Digo las palabras, insulto a los concursantes que no adivinan. La más geek de las geeks. Lo sé. A veces dejo la cerveza de después de clases a medias, para volver a casa a tiempo.
La segunda. Operación Triunfo. Cada martes, hasta la 1 a.m. estoy ahí sentada oyendo a los concursantes cantar. Me peleo con la gente que llama y vota favoritos que no valen la pena. Discuto con el jurado. Me emociono con las voces hermosas.
En Costa Rica ya me pasaba con algunos concursos de Estados Unidos: he sido fan declarada de “¿Quién quiere ser un millonario?”, “Wheel of fortune” e, incluso, del muy muy pero MUY hortera/polo: “The price is right”.
Supongo que será el riesgo sin peligro que contienen los concursos. La emoción de alegrarse por algo que no tiene nada qué ver conmigo. El ver a alguien ganar dinero de forma fácil pero “correcta”. Y, a veces, disfrutar de que pierda el que me cae mal. Jiji.