
Dos de cada tres pakistaníes que entran a la tienda comparten características... son un poco prepotentes, groseros, impacientes. En mi segundo día de trabajo me quedé sola y uno de ellos, tras contarme que tenía un "sirocco" (que a mí me sonó a bacteria, versión moderna del estafilococos o algo similar), me pidió las características de todos los móviles de avanzada.
Entiendo y le acepto que yo tendría que saber, esa es la premisa de la que cualquiera parte al entrar a una tienda de teléfonos, pero luego me di cuenta de que solo quería dejarme claro lo superior de su cerebro tan centrado en las nuevas tecnologías.
Cuando descubrió que no tenía ni idea (no fue tan difícil, tenía que ver mis notas para decirle que el LG "chocolate" tenía mp3, cámara y bla bla bla), me soltó un amable "eres nueva, ¿verdad?", yo dije la verdad y él agregó "se nota".
El viernes, tercer día, me vuelvo a quedar sola. Entra otro y termina peleándose conmigo porque no quiero venderle los tres teléfonos que él quiere. Que conste que no se los vendí porque tenía la orden directa de no venderles más de uno, y además, de tratar que no fueran los mejores de la tienda. Solo estaba obedeciendo órdenes, pero para él yo era un bicho maligno con mala fe.
Este, aún más "expresivo" se puso a hablar un poco alto. La tienda llena, yo sola. El señor en cuestión repetía "llame a jefe, llame a jefe". Luego, cuando llegó mi compañera de trabajo soltó el remate: "esta chica no sabe nada, no sabe, deberían tenir algun que sepa algo". Acto seguido me arrebató el teléfono que sí le vendimos de las manos y puso él mismo la tarjeta sim. Luego reclamó su cambio "once uros, once uros" mientras yo, sonrisa batiente, le decía "sí señor, un momento que le traigo su factura".
Al irse le dije "muchas gracias, buenas tardes". Luego fui a vomitar, jaja, no es verdad. Pero sí me tragué las bilis del mes. Al menos está claro que estoy aprendiendo a dominar el carácter.
Ahora: tengo dos opciones. 1. Asumir que una tienda de móviles atrae cierto tipo de comprador pakistaní. 2. Hacer lo que el hígado manda, que es tachar a un colectivo por una pequeña muestra que sé que no es representiva.
Me niego a lo segundo, pero a como siga con uno de estos, de día de por medio, no sé... se me freirán las neuronas racionales, lo juro.

Aunque luche contra estas cosas y sepa que lo racional siempre tiene que ser más fuerte en estos casos, confieso que entiendo el por qué de los prejuicios: todos salen de las tiendas de celulares.