Dime de qué alardeas y te diré de qué careces. Ese es el lema.
Alguna vez lo he sido, lo reconozco. Sé que en algún momento de mi vida traté de parecer madura, o inteligente, o leída, o lo que fuera. Hasta que me di cuenta de que era absurdo e innecesario, porque esa careta es fácil de destapar. Y eso que sí soy, se ve
-lo bueno y lo malo-, no tengo que demostrarlo.
Pretenciosos hay de todos los tipos: la que asegura que come muchas harinas, golosinas y demás y está flaca como un
palo… pretende ser tan especial que la comida no le hace efecto. Está el que habla de sus pertenencias como si su vida dependiera de ello, sus temas favoritos son los coches, los móviles y otros aparatejos similares. Cuando habla del tema no cuenta detalles interesantes de por qué le gusta tal o cual cosa, más bien se trata de dejar claro que tiene
gusto selecto y caro. Está el que dice ser
fanático de algo, pero si escarbas un poco es evidente que sabe lo básico y poco le interesa ahondar.
Están los
supuestos activistas sociales. Esos que dicen que la vida debería ser así o asá y luego sus actos
–en privado, por supuesto- contradicen su pretendida ideología. Que si el consumismo bla bla y luego van y gastan. Que si el machismo y luego siguen esquemas de vida trágicamente patéticos. Ay pero por favor.
Entiendo que cada uno tiene su contradicciones, pero hay límites entre ser una persona poco consecuente en algunos temas
-como lo somos todos los seres humanos- y tener directamente dos caras.

Pero el que más me patea el hígado es el
pretencioso intelectual.Por ejemplo:
Fulanito habla día y noche de los ochenta mil libros que lee, incluso asegura que se lee mínimo dos por semana. A partir de eso, suele entablar conversaciones supuestamente profundas y doctas sobre los temas. Cita autores cada dos frases, nada es suyo, todo es
“como dijo_________”; relaciona todo con aquel libro maravilloso que se leyó. Pero sus libros leídos son siempre de primera línea, jamás admitiría que se ha leído un best seller, o que un libro supuestamente ligero le agrada.
Aclaro, en todo caso, que yo trato de escoger un poquito lo que leo, pero no me limito a eso. Y creo que hay best sellers que lo son por su calidad, no por el marketing. También es cierto que nunca me verán con una novela de
Nora Roberts o
Corín Tellado. Pero no es porque crea que mi cerebro involucionará, simplemente no lo leo porque no me entretiene… me aburre mucho, como tampoco me entretuvo
Herman Hesse y volvió al estante sin mayor problema.
Adiós Lobo Estepario, ya lo intentaremos en otro momento… o no.Así, el prob

lema no está en la escogencia literaria de Fulano, que me parece genial si todo aquello que dice es cierto, si no en sus motivos para leer los títulos que escoge: lo hace para quedar como una eminencia en el tema, por
encima de los demás.
Por el contrario, amo la gente genuinamente interesada en lo que sea. Con inquietud sana, de esa que los hace moverse por su propio gusto, no porque nadie más vaya a quedar por debajo de su hombro. Me gustan los lectores ávidos que te cuentan sobre sus intereses porque los llevan casi en la sangreel último libro que leyeron porque los impactó, no porque quede bien. Así sea
Ulises de James Joyce o la última edición de las tiras cómicas de
Condorito.