
Hay tantas cosas que damos por “normales” y lógicas, que recordar las otras resulta divertido.
Llegada a España me acostumbré poco a poco a que las calles tienen nombres y números. ¿Y eso qué tiene de raro? Pues que en Costa Rica nadie –y en serio es nadie- sabe el nombre de las calles, menos sus números.
¿Cómo damos las direcciones? Pues depende. Hasta hace unos años era muy común las del tipo “del abasteceder de doña María trescientas varas recto recto, ahí hay una casa con un perro enooorme, muy bravo, muy bravo, pues al frente hay un portón verde, la casa de a la par”. Para el centro de San José era un poco más “simple”, por ejemplo: “de la antigüa botica Solera, cuatrocientos metros al este”.
En el primer caso, si el perro se moría o amanecía de buen humor, te jodiste; en el segundo la famosa botica tiene tantos años de no existir, que sigue en el imaginario porque cuando te dan esa dirección, inevitablemente uno pregunta ¿Dónde carajos queda la antigüa botica Solera?, esto solo para que te respondan otra cosa parecida.
Aunque como sistema de ordenamiento es más fácil decir que vivo cerca de la Avenida Diagonal, o definitivamente es más fácil explicarle al taxista que me lleve al 276 de aquella calle, no deja de ser bonito pensar que como pueblo, los ticos somos menos pragmáticos, pero a lo mejor nos divertimos más.
Así que les cuento donde vivo: en una calle paralela a esa grande, ancha, que atraviesa Barcelona. En el portal de al lado de ese donde arreglan coches y están los mecánicos esperando que pase alguien para soltar frases célebres. Sí, vivo al frente de un parquecito con bancas, donde hay siempre al menos quince palomas dando vueltas y está ese señor viejito tomando el sol en las mañanas...