domingo, septiembre 21, 2014

El primer verano en Europa

Agosto, 2005

Llega agosto del 2005, mi primer verano en Europa. Al menos como residente temporal (dos años antes había estado un par de meses de paseo). Con el verano, llega también mi mamá junto con una de sus amigas del alma a visitarme. Las recibo en Madrid y desde ahí recorremos algunos países europeos.
  • En Madrid me roban el móvil y mi estuche de discos compactos (increíble, hace diez años aún se usaba el discman).
  • En Roma me ubico tanto con una mirada al mapa que mi madre cree que he estado antes.
  • En Venecia me agacho a acariciarle la barriga a un perrito y, acto seguido, un italiano se tira al suelo (literalmente, panza arriba) y me pregunta que por qué a él no le hago lo mismo.
  • En Florencia hacemos cola dos horas para ver el David.
  • En Pisa hacemos la foto de rigor y nos vamos, en Pisa no hay nada.
  • En París me enfrento a un tipo enorme porque se acerca demasiado a mi mamá, intentando colarse en el metro.
  • En Praga lloro porque una tipa me trata fatal cuando pido información sobre el transporte público. En Praga dormimos en un hostal donde hay pelos en las camas y bichos en el suelo, decidimos dejar de ser tan mochileras y subir un escalón en calidad.
  • En Ginebra me enamoro de esa ciudad que objetivamente no tiene mayor gracia.
  • En Zurich veo a mi madre acceder a colarse en el autobús tras constatar que cada trayecto es absurdamente caro. En Fátima conduzco por autopistas en que la velocidad MÍNIMA son 100 km/h.
  • En Barcelona, frente al Mediterráneo, digo "yo podría quedarme a vivir aquí". Luego dormimos, o más bien velamos la noche, en la calle Hospital. No conseguimos dormir porque el aire acondicionado se estropea. Y -la verdad sea dicha- no conocía la ciudad y estaba intranquila de dónde nos habíamos metido.
  • En La Coruña disfruto de despertar con mi mami en casa.



Cuando regresan a Costa Rica me queda un huequito en el alma pero ya tengo amigos que ayuden a disimularlo. Es curioso porque esa sensación nunca ha cambiado. Cada vez que mis papás o mi hermana, o mis amigos/as vienen a verme y se van, hay una herida que se reabre. Lo único que puedo decir es que aunque duele con la misma intensidad, he aprendido a poner la venda de manera más eficiente. Al principio me seguía haciendo preguntas, con los años duele pero sé cuál es la respuesta.

Se va el verano (que apenas es detectable en La Coruña, para qué nos vamos a engañar). Voy a la playa. Una señora me ve en bikini, tengo los auriculares puestos, piensa que no la oigo. Le dice a la señora que va con ella: ¿y ésta por qué toma el sol?. Me río. Pienso en responderle: porque es gratis, señora. Pero no lo hago, porque el año que concluyo en Coruña me ha enseñado muchas cosas. Una de ellas lo que se siente al ser diferente. Pero diferente de verdad, ya no por el color de piel (que también), sino por acento, filias, fobias, costumbres, actitudes. Me sigo sintiendo extranjera. Mucho, además. Pero lo asumo.

Acaba el verano y pienso que fue “el verano”, el del 2006 se supone que será la despedida para volver a Costa Rica.

Pero para ese verano falta mucho y en medio pasa demasiado. Pero es agosto del 2005 y aún no lo sé.

Me pongo la venda como mejor puedo, intento rearmar la vida de extranjera, empiezo el segundo curso lectivo del máster.


jueves, septiembre 18, 2014

Diez años

En poco más de dos semanas cumplo diez años en España. He decidido que necesito recapitular y hacerlo de manera concreta. De aquí al 4 de octubre haré unas cuantas entradas sobre el tema. A ver cómo va...

Aquí la primera.

5 de octubre, 2004

Es media tarde. Aterrizo finalmente en mi destino final, en el Aeropuerto de La Coruña, tras 24 horas de haber salido de mi casa en Costa Rica y de cruzar el Atlántico. Por primera vez en la vida, con 25 años recién cumplidos, piso este país. Me bajo sin tener a dónde ir, con dos maletas grandes, un abrigo de invierno encima y una maleta de mano. Traigo lo que creo necesario para pasar dos años en España.

Voy al mostrador de información, pido que me ayuden a encontrar un hotel y a conseguir un taxi. Media hora después (tras intentar pagar el taxi con 500 euros y tener que pagar el doble de la tarifa para que me aceptaran los dólares que llevaba) estoy en una pequeña habitación de hotel, sola. Enciendo la tele.

No conozco a nadie. No sé moverme en bus. No conozco las calles. Nunca he vivido sola y mi primer día es triste. El segundo, el quinto, el décimo también. No tengo ordenador, que entonces llamaba computadora, no tengo internet para mandar mails, porque entonces no había Facebook ni whatsapp ni cosas de esas. Creo que escribo alguna carta a mano, a lo mejor la envío tras descifrar el mapa que cargo como tabla de salvación.

La verdad es que me pregunto diez veces al día qué hago en la otra punta del mundo. He venido a dar a La Coruña por una serie de circunstancias personales que me llevaron a la única depresión seria que he tenido en mi vida. La excusa es hacer un Máster en Teatro y Cine pero, probablemente, se trata de hacer un reset.

Y el reset es masivo.

Me paso quince días viviendo en un hotel. Me cuesta. Mucho. Me deprimo, vuelvo a surgir, me vuelvo a hundir. Alguien me responde mal cuando pido instrucciones: no sé en qué parada de autobús bajarme. Me hablan mal y eso es suficiente para llorar un par de horas al llegar al hotel. Como mal, de restaurante o supermercado. No hay nadie a quien abrazar y eso basta para llorar un par de horas más. Me cuesta. Mucho.

Luego me mudo a un piso tremendamente feo, oscuro, húmedo, viejo, triste. Con dos panameñas loquitas que al principio no entiendo, y que me parece que tampoco me entienden. Una de ellas luego me cuenta que me vio en el aeropuerto de Panamá, viajamos juntas sin saber que acabaríamos viviendo juntas.

Durante meses sigo con la pregunta constante de qué hago ahí. Y eso me basta para llorar. Lloro mucho. Hago amigos, conozco bares, me voy de fiesta. Y sigo llorando.

Encuentro una librería. Las cosas empiezan a parecer mejores. Hay un cine al frente del edificio. Las películas son dobladas y me resulta curioso que Bruce Willis diga “hostia, tío”, pero al menos me entretiene.

El mar de Riazor se ve hermoso cuando hay viento. Amenaza y consuela.





Un día dejo de llorar tan seguido. Empiezo a entender a Lil y Krons, que acaban siendo mis hermanas. No sólo las entiendo, sino que las respeto, las quiero. Me dan lecciones de vida sin darse cuenta. Aprendo de ellas y entiendo que el reset ha pasado a ser algo así como la instalación de un software nuevo. Son mis bichos queridos… dormimos juntas la siesta en una cama individual porque queremos, compartimos tiempo, risas, comida, opiniones, ropa. Nos contamos la vida. Las encuentro y dejo de llorar tanto.


Dejo de llorar y ya sé qué bus es mejor para ir al videoclub. Ya casi no lloro y me gusta el mar salvaje cuando hay tormenta. El piso nuevo es bonito, grande, luminoso. Aparecen personas nuevas, bonitas, luminosas. Bailo música folclórica colombiana. Tengo una familia colombiana, peruana, brasileña, panameña, gallega. Empiezo a sentirme menos ajena. O al menos ajena acompañada. Entonces La Coruña no es triste, aunque la lluvia intente hacer ver que lo es.


Ha empezado el viaje. Ese que se suponía que sería de dos años y que, en unos días, cumplirá diez años de haber iniciado.


A veces lloro, pero no duele. Un reset. Software nuevo. Y entonces apenas estaba empezando.

domingo, julio 06, 2014

Grandes. Titanes. Orgullo.

No soy fan de los nacionalismos, será porque soy ciudadana de varios lugares y tengo doble nacionalidad. Entiendo que pertenecer a un país es cuestión de suerte, coincidencias y vivencias. No soy fan del fútbol, he perdido el entusiasmo por el deporte de 11 y 11 en los últimos años. Soy crítica con las organizaciones, con los grandes conglomerados mundiales.

Pero hoy soy tica. A muerte. Orgullosamente. He aquí las razones:

1.  Porque esta selección de fútbol ha demostrado que el trabajo y la constancia rinden frutos. La historia puede y debe ser ignorada, lo que cuenta es el ahora.

2. Tenemos un portero que vale oro. Ya puede llorar el Barça por haber dejado pasar la oportunidad de ficharlo. No se la cree, lo trabaja. Entrena y mucho, pero se mantiene humilde.

3. Costa Rica en el mundial ha significado cosas a nivel personal. Mis amigos se unieron para apoyar a la sele. Una de mis amigas del alma (catalana) se refiere a La Sele como “nuestro equipo”.

4.  Estadísticamente  y por probabilidades es una locura lo que lograron. Una locura hermosa.

5. Es bonito sentir que hay algo que nos hace juntarnos y cantar a la vez, que nos pone en una misma sintonía.

6. Le ganamos a campeones mundiales. Empezamos siendo los “chiquititicos” y hoy obligamos a Holanda a ir a penales, a cambiar al portero en el último minuto. ¡Obligamos al equipo que le ganó 5 a 1 al campeón mundial a ir a penales!

7. Y porque hoy, en el bar, empezamos pocos pero acabamos siendo muchos. Tenemos una capacidad de crear empatía y de contagiar a otros… porque no agachamos la cabeza y porque más que “ticos” hoy fuimos costarricenses.

Por todo eso… ustedes son muy grandes, esta Sele es muy grande. No me cabe el corazón en el pecho de orgullo. GRACIAS.


viernes, mayo 16, 2014

Me hago mayor




Me hago mayor. Acabo de cumplir los veinte y quince y empiezo a darme cuenta. No es una cuestión de aspecto (aunque hay parte de eso), ni de capacidad para ciertas cosas (aunque también es eso) sino de actitud vital. Me hago mayor, a veces me parece hermoso, a veces me da un poco de miedo.


Me hago mayor y lo descubro en detalles superfluos como cuando camino con tacones –ahora excepcionalmente, hace 19 años era la norma- y escucho una cadencia que no es mía. Pienso en mi mamá, ese tac tac tac tatác tac tac. Heredado pero latente durante años.

Me enfado, como cualquier ser humano –ahora con menos asiduidad e ímpetu que hace 19 años- y en mi tono de voz, en las palabras que escojo, en la manera de gestionarlo veo un talante que no era mío. Pienso en mi padre, que tiene paciencia para llenar barriles pero que, cuando se le acaba, siempre encuentra las palabras justas. Hace 19 años pensaba: mejor que me gritara, eso de hablar en tono calmado cuando hay enojo da más miedo. Heredado pero escondido durante años.

Y me pasa –en escala- eso que tanta gracia me hace: para mis padres la gente “joven” suele ser cualquiera que vaya unos 15-20 años por debajo de su edad. Los de 20 y poco me parecen casi adolescentes, los de menos de veinte me parecen casi niños, los de menos de diez son todos criaturas pequeñas e indefensas.

Me hago mayor y quisiera que mis amigos menores no sufran, maternal como soy, entregaría un dedo para ahorrarles llanto, pesar y sufrimiento. Me preocupo más de la cuenta por ellos y de vez en cuando pienso: ¡yo pasé por ahí, no caigas en esa trampa! Supongo que de ahí viene eso de los padres, esa actitud que hasta cierta edad nos molesta, eso de que te dicen: hazme caso, sé de qué hablo.

Me hago mayor y el vértigo me ataca. Para mí el año 96 fue hace nada. Hace nada entré a la universidad, hace nada tuve mi primer novio, hace nada aún me dolían las grandes tragedias de la adolescencia.

Me hago mayor y es mágico, es muy mágico, porque de repente entiendo a mi mamá y a mi papá, veo sus razonamientos, entiendo lo que han hecho por mí durante tantos años.

Y me doy cuenta de que el futuro no existe y no hace falta preocuparse por él. No es un pensamiento pesimista, sino todo lo contrario: esta vida se trata de vivirla hoy, hacer planes –grandes planes- casi siempre es perder el tiempo. He aprendido la diferencia entre planificar y tomar previsiones y asumir que el futuro será “X”. Porque sea quien sea que maneja el destino tiene mucho sentido del humor y le vale un reverendo pepino lo que hayamos planeado.

Si me hubieran dicho, hace once u doce años, que hoy sería española/catalana/costarricense, que estaría viviendo en Barcelona, haciendo teatro con mi propia compañía, casada con un vikingo-canario y añorando Navidad por una sopa de galets… me habría reído. Yo tenía otros planes, pero la vida es maravillosa y sabe más que una chiquilla de 23 ó 24.

Y entonces brindo conmigo porque hacerse mayor significa que me importa cada vez menos lo que piensen de mí la generalidad de la gente, pero tengo muy claro cuáles opiniones y cuáles afectos me son fundamentales. Pasé años diciendo que no necesitaba de nadie. Ahora no tengo miedo de decir que sí, que nadie es indispensable para nadie, pero que yo prefiero mi vida con un grupo pequeñito de gente que he forjado en años. Y de alguna manera en realidad esas personas me son indispensables. No imagino la vida sin ese club de gente, terca como mula, que me sigue queriendo, que me escucha, me entiende y me quiere a dos lados del Atlántico. Y eso está muy bien.

Y brindo porque he aprendido a reconocerme las virtudes, yo que tantos años me había pasado mirándome los defectos. Sé en qué soy buena, sé que en qué flaqueo. Sé cuándo dudo de mí misma porque tengo un mal día, sé cuáles dudas son ya parte de mi genotipo, de mi carácter. Sé cuáles dudas no puedo resolver porque no soy tan mayor como para tener perspectiva. Sé que quiero y aunque no sepa cuándo llegará o cómo lo conseguiré, me conformo con hacer el viaje rodeada de amores.

Me hago mayor. Y está muy pero que muy bien, hacerse mayor con gente que te entrega el corazón es un placer.


Sí, podría tener menos años. Podría. Pero mi hoy, mis amores, y mis certezas e incertidumbres no las cambio por menos años. Maravilloso entonces esto de hacerse mayor.

Aunque, para que nos vamos a engañar, ¡podría ahorrarme las canas!

jueves, abril 10, 2014

Por qué no me gusta que me toquen el pelo (y por qué usted, si no es muy cercano a mí, debería dejar de insistir)

Ayer venía de vuelta a casa, en metro. Por esas cosas de la vida, en vez del habitual viaje de abstracción con el ipod a todo volumen, venía sin música, sin mirar el móvil, simplemente presente.

Como iba de cara a las puertas y son de cristal, me sirvieron de espejo opaco y pude ver a dos chicos hablando a mi espalda. Me miraban, hablaban en secreto, volvían a mirarme. Se bajaron del metro y yo me hice la loca. Pero a la siguiente parada, cuando se subieron una chica y un chico y empezaron a hacer la misma cosa (mirarme, hablar, mirarme) pensé que era suficiente.

El chico dijo “Es igual al pelo de Marge Simpson”.

Esperé a que estuvieran mirándome los dos y me giré muy rápido. Ellos desviaron mirada y cabeza, de una manera tan cliché que me dio risa. Entonces solté un monólogo…

YO: Oye, sé que estás hablando de mi pelo y que hace rato que lo miras. Y no pasa nada. Lo puedes mirar, yo sé que es llamativo y entiendo que te dé curiosidad. Eso no me parece ofensivo, de hecho lo que puede ser ofensivo es que hagáis ver que no estabais hablando de mí, pero no que me miréis el pelo.

ÉL: Es que me gusta mucho.

YO: Ah, gracias. Bueno, pues entonces míralo… si alguien se ofende porque le miras pues es su problema, pero hablar a las espaldas… no hace falta. Mira, me doy una vuelta para que lo veas desde todos los ángulos (lo hago, hago 360 grados)

EL: ¿Puedo…?

YO: ¿Tocarlo? Ja. No. No me tocan el pelo ni mis amigos. No me gusta, lo siento.

Llego a la parada que me toca, me bajo. El chico, todavía rojo como un tomate no sabe dónde mirar.


...

Me bajo, me río. Y luego llego a mi casa y la historia me hace menos gracia, porque yo nací con este pelo: para mí es normal. Yo nací con este pelo como usted nació con el suyo, como usted nació con cinco dedos en la mano. Imagine que al menos de día de por medio alguien se quedara mirando su dedo gordo de la mano derecha. Incluso habría días en que le pasaría dos, tres, cuatro veces. Imagine que al menos una vez por semana es tema de conversación: la gente pregunta si se trata de su dedo “normal”, si es así de natural o usted hace algo para que sea así. Imagine ahora que hay días en que la gente sujeta su dedo gordo de la mano derecha para “ver cómo se siente”, algunos sin permiso. Otros piden permiso, sí, pero la mayoría no lo pide. No hasta que usted se harta y avisa que no le gusta que le toquen el dedo.

De pequeña una vez me dijeron que mi pelo era como un peluche. Me han dicho que es como una esponja, como una almohada, como una peluca… como algunas otras cosas menos agradables… y señoras, señores, es pelo. Nada más. Como el suyo. Como el de cualquiera.

Entonces, la próxima vez que vea alguien con afro, admírele el afro, si le gusta. Sonría si lo descubren mirando y sea natural. Actúe como actuaría si un chico guapísimo la ve observándolo, o como miraría los ojos de alguien de mirada preciosa y penetrante. La curiosidad es normal, es sana, es humana. Cosificar un rasgo físico no lo es.

Mis amistades muy cercanas –a veces- reciben el privilegio de tocarme el pelo. Porque yo les toco el suyo, les cojo de las manos, les abrazo. Pueden –a veces- comentar sobre mi afro porque yo comento sobre sus ojos, sobre su altura, sobre sus pecas. Porque es una relación pareja, porque sé que no me miran el color de piel las 24 horas del día, como yo tampoco a ellos.

Pero si usted no me conoce, o realmente no tenemos una amistad cercana… por favor… por fa… por fi… no insista. No soy un peluche, no soy un juguete, no llevo peluca. No insista. No soy Marge Simpson. No insista. Soy una persona, no un personaje y no me ofende su curiosidad, me ofende que me cosifique.



lunes, abril 07, 2014

Señor Presidente, no me rompa el corazón



Señor Presidente. Don Luis Guillermo:

Sólo le pido que ahora no me rompa el corazón. Sé que habrá días mejores, días peores... pero tengo fe. Usted es distinto y ya eso me llena de esperanza.

Felicidades.

Somos el pueblo que decidió cambiar.


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