sábado, mayo 10, 2008

pluja plor ploure plorar


En catalán, llorar y llover siempre se me confunden. Sé de dónde viene la confusión... "plor" es llanto y "ploure" es llover. Pero "plorar" es llorar. Por pronunciación (pló- plóura- plurá) parecen provenir de lo mismo, como si fueran de la misma familia y ahí empieza mi lío.

A veces quiero decir “está lloviendo” (està plovent) y acabo diciendo “está llorando” (està plorant). Queda poético, sí, pero es confuso. Es más, cuando pienso en lluvia siempre me viene a la cabeza la palabra plor, que es llanto. Tardo unos segundos en recordar la palabra correcta. Pluja pluja pluja.

Lo más curioso es que hoy, que está lloviendo, y mucho, se me ocurre que la asociación no es tan descabellada. Al menos en los días cercanos a mi cumpleaños hay pluja o plor.

Este año ya empezó (desde ayer… y seguramente seguirá) con pluja… no ha parado de llover en las últimas casi 48 horas. Lo único que quiero para mi cumple es que al día, aunque haya lluvia, no le acompañe el plorar. Aunque ando propensa. No es ni siquiera el asunto de “cumplir-29-qué vieja estoy”, para nada, pero no tengo especiales ganas de celebrarlo.



Foto: Fox Photos.

viernes, mayo 09, 2008

Fuenteovejuna, Lope de Vega

Colección Mil Años de Literatura
El Periódico
249 págs.

Lo que digo yo:
Hace diecisiete años mi profesora de Español de primer año de cole nos puso esta obra como obligatoria. La idea de leerla me crispaba los nervios, pero entonces ella hizo algo muy inteligente: en grupos, debíamos idear una forma original de presentar un acto. Inmediatamente, todos, sin excepción, leímos el clásico con gusto y entusiasmo. Tanto que ahora que me tocó releerla, me maravilla el haberla entendido y disfrutado… sobre todo porque la relectura me resultó muy pesada.

Aparte de lo genial del monólogo de Laurencia, después de que la viola el Comendador y ella quiere que el pueblo entero se levante a defenderla, me parece bastante densa y aburrida. Con todo el respeto para Lope.

Othello de William Shakespeare

Ed. Cátedra 293 págs.

Lo que digo yo

Es gracioso que aquellas obras, libros, películas que hemos visto o leído muchas veces, puedan seguir resultando interesantes. Es el caso de Othello, que debe ser la sexta vez que la leo. Me sigue gustando, talvez en la misma medida que tiene aspectos que me desagradan. En general, con Shakespeare, me pasa… entiendo que era hijo de su tiempo y no podía hablar de algo que le fuera ajeno, pero sus obras a veces me producen un regustillo a viejo. Interesante, pero viejo.

Los casos concretos de Othello son fáciles de explicar: 1. la trama está apoyada sobre las concepciones de diferenciación racial de la época. No como un recurso más, si no como uno de los ejes de todo cuanto pasa. Es interesante, pero molesto, no entender si el autor estaba de acuerdo o en contra de los prejuicios que retrata. Y 2. Exactamente lo mismo pasa con los personajes femeninos, sobre todo el de Desdémona, parece que Shakespeare tuvo una especie de epifanía sobre una hermosa chica inteligente, que luego desdibuja y deja un poco como la sumisa típica.

Del lado positivo, obviando la escritura, me fascina la construcción de Yago, tan aparentemente aleatoria, pero medida en cada palabra. Me gusta la idea de que es tan pero tan malo que tácitamente quiere hacerse daño incluso a sí mismo. No soporta la idea de la bondad/felicidad ajena y se lanza sobre los demás hasta dejarlos completamente destruidos.

Lo que dice la contraportada:
Desde el comienzo de la obra, ya sospechamos que ocurrirá lo inevitable. Atmósfera de inquietud constante, donde asistimos a la rápida consumación de la pasión de Othello y Desdémona. Es la tragedia de los grandes sentimientos, y ésta se acentúa con la victoria de la mezquindad. Las rígidas convenciones -Othello, es un noble moro- harán que este amor esté rodeado de muchos peligros. El límite entre el bien y el mal, las virtudes y los defectos, se anularán continuamente

jueves, mayo 08, 2008

Crónica de una donación frustrada


Salgo de clases de Dicción (sí, esa que es en catalán) corriendo. Convenzo a mi querida M de venir conmigo. Es su primera vez donando sangre, yo ya me conozco el procedimiento. He donado al menos dos veces en Costa Rica, y como no me dan miedo las agujas ni la sangre, decido que es algo que puedo hacer. Me gusta pensar que estas pequeñas cosas son buen karma.

Llegamos al gimnasio del Institut, donde tienen montado el tinglado sanguinolento. Lleno el formulario, dos hojas. Espero un rato a que la doctora encargada me entreviste:

Relaciones sexuales con más de dos personas en los últimos 6 meses: nop, doctora, soy casada y fiel.Relaciones sexuales con gente dedicada a la prostitució: nop, qué manía.
Trabajo o he trabajado como prostituta: no… ¿qué insinúa? es broma...

SIDA, sífilis y afines: nop, nop y nop.

Enfermedad de Chagas: nop.

Hepatitis B y/o C: nop, nop.

Hemofilia: nop

Drogas en las venas: nop. A veces me sobredosifico con coca cola o café.

Tatuajes: nop. Alguna vez quise uno, pero no.

Piercing en los últimos 6 meses: nop.

Más de 18 años: nooooo, qué va. Lo siento, jajjaa, sí, bastantes más.

Más de 50 kilos: jeje, también.

Embarazada: nop.

Nacida en el extranjero: sip.

Dónde: Costa Rica.

¿Costa Rica?: Sí, eso dije. Costa Rica.



Diagnóstico: es usted muy sana, muy cuidadosa y tiene mucha voluntad… PERO, gracias, no queremos su sangre.


WHAT THE…?


La gente nacida en Centroamérica NO puede donar sangre en España.



Yo me quedo con cara de incredulidad. La doctora me explica que hay virus de distintos tipos, algunos sólo existentes en Centroamérica, y que ellos no hacen exámenes para detectarlos porque la gente de aquí no los tiene.

Mi cara de incredulidad se convierte en cara de asco. Le explico que soy donante en Costa Rica. Me responde que ella no puede asumir que allá hagan las pruebas…

La miro. Estupefacta. No puedo evitarlo, me sale un “Vale” sarcástico que en realidad esconde que me siento mal. La doctora me reexplica lo que acaba de decir. Quiere estar segura que entiendo. Le digo que sí, entiendo, tampoco es tan complicado de razonar, pero que me parece muy feo. Muy desagradable e ilógico.

Las pruebas de SIDA, por ejemplo, son muy caras. Se las hacen a todas las muestras de sangre. ¿Tan tremendamente caro es hacer un análisis más?

Le digo que al menos podrían poner este detalle en el tríptico informativo, así yo no pierdo mi tiempo. Se queda callada. Luego, como gran gracia, me dice que están intentando que se hagan estas pruebas. Que a lo mejor el próximo año podré donar sangre y que con suerte en la próxima campaña puedo participar. Yo la miro, mi cara de asco estupefacto se transforma en máscara de sorna. “La próxima vez NO pienso venir. Gracias”.

Sí, entiendo, pero eso no quita que me sienta indignada. Espero que la doctora, o los doctores o quién carajos hace estas cosas nunca necesite sangre, nunca de mi tipo, porque a lo mejor hoy disminuyó sin querer sus posibilidades de sobrevivir.

martes, mayo 06, 2008

1:32 am, martes 6 de mayo

En serio. Necesito vacaciones. Cuando hasta Pasapalabra me da ganas de llorar, o de salir corriendo, o de dormir a las 8 p.m., o de tener un interruptor para encender el salvapantallas… es claro el mensaje: necesito vacaciones.

Voy a Madrid del 16 de este mes al 19 en la madrugadita. ¡Ehhhhh! La Murasaki se une a la expedición.

Tengo ganas, muchas muchas muchas, de comer pastel de chocolate. Uno bien calórico. Pero cocinarlo… ay Dios… va a ser que no. Es más, pastel de chocolate con helado de vainilla. Esto es grave.

Extraño a mi familia. Esta semana me muero por un abrazo de mi mamá, una conversación con mi papá, una discusión absurda con mi hermana, un café con historias en casa de mi abuelita. Es increíble, cuando el soporte propio falla las alarmas de familia se disparan.

Acabé de leerme Fahrenheit 451. ¡¡¡¡Diooooos, qué libroooo!!!! No quería terminar, para que no se me acabara. Lo amo, lo adoro, me fascina. Me lo leeré de nuevo apenas saque adelante la cola de libros pendientes que llevo por ahí.

Estoy leyendo “Atentado” de mi bienamada Amélie Nothomb. Iba a empezar con un par de cosillas más espesas, pero necesito algo que ya sé que me gusta.

Voy para Noruega en verano. Y a Costa Rica. Wujuuuuuuu. Life’s sweet.

Sí. Lo sé. Hoy parezco bipolar…

NECESITO VACACIONES.

domingo, mayo 04, 2008

Angélica Liddell en el Lliure


Acabo de salir de ver “El año de Ricardo”, de Angélica Liddell en el Teatre Lliure. Impactada, pensando, acelerada. Al menos doce personas se levantaron y se fueron, una de ellas se paseó cual pasarela con el dedo medio bien alto, donde todos pudiéramos verlo.

Yo, como siempre, mantengo que el arte complaciente no cumple su función. Soy una idealista, seguramente, pero si eso que vemos/leemos/escuchamos no logra calar, no veo el sentido de su existencia. Puede enojarte, hacerte reír, invitarte a reflexionar, lo que sea... pero ALGO. Al menos ese es el ideal, al que muchas veces no llego, naturalmente, pero al que aspiro.

Pero también hay un asunto de “responsabilidad” como público. La Liddell, en el medio teatral, es conocida por sus arranques, sus ideas extremas, su eterna controversia y provocación. ¿Qué esperaban ver los que se fueron? Yo no me meto a una película de Lars Von Trier si tengo ganas de comedias románticas, como tampoco voy a ver “La novia de mi mejor amigo” en busca de respuestas trascendentales.

Las reacciones al salir de la sala fueron de las más diversas, desde los que encontramos que es absolutamente consecuente y ya eso valida su trabajo, hasta las asqueados, diciendo enfáticamente que aquello fue una estafa. Para mí, incluso esos que se salieron y esos que se disgustaron, le hicieron un gran favor a la dramaturga/actriz: demostrar que el teatro que nos queda, el que impacta y nos llevamos a casa, es el que –de alguna manera –logra herir las susceptibilidades.

Chapeau.

jueves, mayo 01, 2008

Los peques...


Camino por la cafetería del Institut. Un pequeñajo, de un añito y poco me mira con sus grandes ojos azules. Sonríe. Le devuelvo la sonrisa y sigo buscando a mi amiga con la mirada. Me detengo. Cuando vuelvo a poner atención al pitufillo de antes, me lo encuentro a mis pies. Literalmente. Se ha quedado parado frente a mí, sus zapatos milimétricos tocando la punta de mis botas. Mira hacia arriba, como contemplando la diferencia de estatura entre los dos. Lo saludo. “Hola maco, com estàs?”. Me vuelve a sonreír, sin moverse. “Y què fas tu per aquí?”, le pregunto. No se intimida, no huye, me enfrenta, en silencio. Su abuelito, de cerca, lo invita a saludarme de vuelta. Se queda callado, pero sigue mirándome. Cuando me tengo que ir le digo “Adéu” y me alejo. Desde varios metros más allá giro la cabeza, los ojitos azules y la sonrisa siguen ahí.

Camino hacia el metro.
Se oyen gritos desesperados por un buen rato. Antes de llegar a la esquina descubro la causa. Una chiquita, unos cinco años, llora con angustia. Su papá intenta sujetarla, pero ella se retuerce con furia entre sus brazos. Finalmente la pone en el suelo, y espera paciente a que pase la rabieta. En medio de los sollozos y la angustia de su papá, logro descifrar lo que dice. “No me quiero ir a casaaaaa, aaaaaaayyyyy, que nooooo”.

Camino por la calle, antes de llegar a casa. Escucho a una madre repitiendo “Jesuscito, Jesuscitooo”. Miro alrededor. Un pequeño, este de dos o tres años, viene corriendo hacia mí. Me mira, se ríe y continúa la carrera. La madre intenta amarrar al perro lo más rápido posible para ir en busca de su Jesuscito. No se ha dado cuenta del detalle curioso. Jesuscito va con su mini penecín al aire. No se ha bajado los pantalones, simplemente se lo sacó por encima de la pretina del pantalón. Miro una vez más antes de entrar al edificio. Aventajando a su madre, que aún no ha podido darle caza, orina en la pata de un banco. Sigue riendo.

Los chiquitos son curiosos. Mucho. Talvez cuando tenga alguno acabaré de entender su lógica. O no.


Foto: John Slater
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