miércoles, abril 30, 2008

Nada, de Carmen Laforet


Destino 276 págs.

Lo que digo yo:
Por alguna razón, las historias de familias complicadas siempre me han interesado. Supongo que tendrá mucho que ver con que mi familia extendida, al ser tan grande, siempre ha mostrado las debilidades universales de intrigas, pasiones excesivas, secretos a voces y demás.

La novela de Laforet me gustó mucho. La disfruté, me creó atmósferas, situaciones. Fue fácil situarla, además, porque habla de calles que conozco de Barcelona, aunque me las retrató como un paisaje de posguerra. Pero no una posguerra caótica con edificios en ruinas ni mucho menos, si no como una ciudad que despierta –aún aperezada –de una situación donde las vidas siguen pero sienten las consecuencias. Personajes lejanos a la perfección, incapaces de salir (o incluso provocando) una asfixia claustrofóbica.

Está muy bien escrita, con la ventaja de que –aunque se notan los visos de época –no resulta pesada… todo lo contrario.


Lo que dice la contraportada: Andrea llega a Barcelona para estudiar Letras. Sus ilusiones chocan, inmediatamente, con el ambiente de tensión y emociones violentas que reina en casa de su abuela. Andrea relata el contraste entre este sórdido microcosmos familiar -poblado de seres extraños y apasionantes- y la frágil cordialidad de sus relaciones universitarias, coentradas en la bella y luminosa Ena. Finalmente los dos mundos convergen en un diálogo dramático.

Comparada por la crítica con Cumbres borrascosas, Nada destaca tanto por su prosa fresca y directa como por la extraordinaria sensibilidad en la recreación de una voz femenina. Cuando el libro acaba, el lector tiene la seguridad de poder encontrar, al volver la esquina, a una muchacha pálida y triste, con toda la fuerza de su juventud condensada en el mirar. Es Andrea, absorta, queriendo algo, sin saber qué. Como el resto de los protagonistas, ha nacido a la vida real por un prodigio de la creación artística. Prodigio más que suficiente para formar parte de la Historia de la Literatura.

martes, abril 29, 2008

El Rey Lear, de William Shakespeare


Ed. Austral 160 págs.


Lo que digo yo:


La ventaja de leer los grandes clásicos de Shakespeare es que hay un mínimo de calidad asegurada. Además, se convierte en algo así como el teatro griego en su época, ya sé de qué va. Para terminar, esta es la tercera o cuarta vez que leo la obra. Probablemente la que más atención le he puesto, y por tanto, la que más me ha impactado.

La vejez, el amor y sus demostraciones, la codicia, las relaciones humanas, la crueldad, la compasión, la lealtad… Shakespeare se deleitaba –evidentemente –en hacer un minucioso estudio humano y transformarlo en diversas tramas.

En esta obra, tres hermanas (muy estructura bastante mítica, de hecho) muestran su amor o falta de amor a su padre, lo que trae consecuencias trágicas. Una de ellas decide ser sincera… y qué caro le cuesta.

Lo que más me gusta de la obra es el bufón, el único que se permite decir exactamente lo que le da la gana, y sus palabras en principio no traen consecuencias. Esta idea de que el “loco” guía al sabio me fascina. Dice, disfrazadas sus palabras de boberías, las grandes verdades que el rey no quiere escuchar.


Lo que dice la contraportada: El rey de Inglaterra reparte en vida su reino entre sus hijas pero a la pequeña, Cordelia, la deshereda. Una vez que las hijas son reinas, su comportamiento para con su padre cambia drásticamente y se desentienden totalmente de él. Cordelia será al final la que demuestrará verdadero cariño por su padre.

miércoles, abril 23, 2008

Sant Jordi!!!!

Amo el día de Sant Jordi.

Para mí es como si tuviera cinco años y llegara Navidad, sólo que mejor porque es en abril.

Me gustan más los libros que las rosas (para mi gusto sería mejor una lilly, por ejemplo, las rosas no son mi fuerte), pero es hermoso que se monte el sarao que se monta, cada 23 de abril.

Las calles a punto de explotar de gente, libros y flores. Caras de ilusión comprando literatura, recibiéndola, haciendo cola para lograr una copia firmada de ese libro. Es genial. Una ciudad que vibra así por páginas impresas merece la pena. ¿Mercado? ¿Consumo? ¡Es igual, se celebra ASÍ el Día del Libro (y del Amor)!



Mis regalos de este año:



Fahrenheit 451, Ray Bradbury




Atonement, Ian McEwan





2666, Roberto Bolaño


Es, y de lejos, mi festividad favorita. 

¡Feliz Día!

lunes, abril 21, 2008

Paso.


Hay días cabrones. Te levantas con el pie izquierdo y ya no das paso en firme. Días cuando la pregunta, en mayúsculas y con letras de neón reza “¿PARA QUÉ?”.

Y a mí me dan ganas de dormir, talvez soñar, como mínimo escoger no ser. No ser. Como si fuera posible. Como si mi monólogo pudiera extinguirse con una Ofelia llorona ahogada entre crisantemos. Como si las dudas, los dolores de cabeza, los resentimientos (yo trato de que se vayan, pero vuelven) y las horas escurriéndose, pudieran ser una especie de príncipe incestuoso que sabe que algo huele a podrido pero aún no logra encontrar el qué.

Podría ser una manzana envenenada, podría ser un rápido intercambio de miradas hipócritas. Podría, si me apuran, ser este intermitente deseo de tener tiempo para mí. De no tener que pedir, ni sugerir. Sentarme aquí y dejar que el mundo entero se venga abajo con un escándalo de abejas apareándose sin resultados: como los osos pandas, que tienen la oportunidad una vez al año y, aún así, no les apetece procrearse.

No ser.

No ser parte.

No ser cómplice de un día cabrón. Es tan difícil. Tanto. Mi sonrisa se desmorona, se deshace con la facilidad de una galleta de mantequilla ahogándose en una taza de café con leche. Y a veces me siento identificada con la pobre galleta, que llora en su propio idioma mientras la cucharilla acaba de destruirla, y más allá de los límites de la taza, nadie la escucha.

sábado, abril 19, 2008

Concursitis


Lo confieso.

Soy adicta a los programas de concursos.

La adicción mayor es Pasapalabra. Juego desde casa. Digo las palabras, insulto a los concursantes que no adivinan. La más geek de las geeks. Lo sé. A veces dejo la cerveza de después de clases a medias, para volver a casa a tiempo.

La segunda. Operación Triunfo. Cada martes, hasta la 1 a.m. estoy ahí sentada oyendo a los concursantes cantar. Me peleo con la gente que llama y vota favoritos que no valen la pena. Discuto con el jurado. Me emociono con las voces hermosas.

En Costa Rica ya me pasaba con algunos concursos de Estados Unidos: he sido fan declarada de “¿Quién quiere ser un millonario?”, “Wheel of fortune” e, incluso, del muy muy pero MUY hortera/polo: “The price is right”.

Supongo que será el riesgo sin peligro que contienen los concursos. La emoción de alegrarse por algo que no tiene nada qué ver conmigo. El ver a alguien ganar dinero de forma fácil pero “correcta”. Y, a veces, disfrutar de que pierda el que me cae mal. Jiji.

miércoles, abril 16, 2008

No es pereza, es eficacia

Hace unos días Celes hablaba de uno de los pecados capitales más practicados… la pereza. A partir de su post, repasé lo que creo sobre el tema.

En mi casa, eso de ser perezoso siempre ha sido mal visto. Mis padres han sido de trabajar mucho, siempre, de manera que es consideración generalizada en casa que hay que ganarse todo con el sudor de la frente. Con horas y horas de trabajo. Con sufrimiento. Con tiempo, poco a poco.

Pero yo me rebelo. Creo que el problema no es la pereza, como le dije a Celes, si no la dispersión de la energía. Ya lo dice el dicho, muy manido, “no por mucho madrugar amanece más temprano”.

Me explico: si los esfuerzos que hacemos hacia un objetivo concreto son mínimos, pero son precisos, los resultados llegan igualmente. Incluso con mayor rapidez. Mucho trabajo (o la ausencia absoluta de trabajo, estamos de acuerdo) en la dirección contraria no produce resultados.

O sea que no se trata de matarse por demostrar lo trabajadores/esforzados/laboriosos que somos, si no de focalizar el trabajo. Ser efectivo: mínimos esfuerzos para máximos resultados.

Yo, por ejemplo, me administro el tiempo para poder vagabundear de vez en cuando. Examino, priorizo, escojo, decido. Hago. Y luego descanso y descanso. Intento no gastar energías en lo que no me significa beneficio. Estoy convencida de que el éxito reside en esto, en no creerse el cuento de ser mártir para demostrar el valor. Nada de eso.

El mejor ejemplo es un gato. El cuerpo siempre está listo para reaccionar, alerta pero no tenso... de ahí que jamás hacen movimientos superfluos. Y, aún así, son de los animales más ágiles física y mentalmente.

He dicho.

Foto de nihilistka (Devianart)
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